Sanidad Interior a través del Perdón (Parte I)
Cuando guardamos rencor en el corazón, nos destruimos, atraemos maldición y perdemos la perspectiva de gozo y plenitud que desea Dios para nuestras vidas…
Fernando Alexis Jiménez
Cuando amigos y conocidos se refieren a Ricardo José, lo hacen en los mejores términos, rememoran su amabilidad, disposición de ayudar a quien lo necesita; la sonrisa afable que le caracteriza, y el ser un buen hijo. Pero sus sueños de estudiar ingeniería y la condición de joven emprendedor, estuvieron a punto de romperse un sábado cualquiera, pasadas las nueve de la noche, cuando al regresar a casa el muchacho fue atacado con tres disparos de revólver.
… Por varias horas libró una batalla sin cuartel entre la vida y la muerte.
Todos en el barrio supieron quien protagonizó el atentado criminal. Lo vieron correr callejón arriba. A la luz de una lámpara, lo identificaron. Justo cuando huía. Y lo reconocieron también a la mañana siguiente cuando salía rumbo a su trabajo como agente de seguridad.
Nadie supo cuáles fueron sus razones para actuar así. Pero guardaron silencio, salvo la decisión de no volver a saludarle, como forma de expresar su rechazo.
Pasados los tiempos difíciles, cuando Ricardo José daba los primeros pasos ayudado con unas muletas, Olga Lucía –su madre—esperó al criminal a la hora que solía regresar.
Siempre a las seis de la tarde. Se miraron sin decir palabras. El hombre intentó eludirla. Ella se interpuso rápidamente en su camino.
--Se que usted fue quien intentó matar a mi hijo...—le dijo.
--No se de qué me habla...—se defendió.
--Sí, usted sabe de qué le estoy hablando, porque usted fue. Todos lo vieron, pero no vengo a acusarlo. Despreocúpese. Vengo a decirle lo que le habría dicho así mi hijo no estuviera a salvo: Que lo perdono. No se por qué lo hizo, pero igual, lo perdono. Y se que mi hijo también...—enfatizó la mujer.
Acto seguido, se alejó. El hombre se quedó en la mitad de la acera, duramente golpeado por el peso de su conciencia. No sabía qué decir ni qué hacer...
Frente a circunstancias así, lo más frecuente es dejarse arrastrar por el rencor y el resentimiento. La falta de perdón toma fuerza y las consecuencias son devastadoras, en lo personal pero también en lo espiritual. Se afecta nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean.
Olga Lucía experimentó esta situación pero decidió liberarse. Lo hizo en una forma inusual. Perdonó a quien le causó el daño. Pudo recurrir a la venganza –muchos lo habrían hecho—pero sabía que no era el camino indicado. Por el contrario, habría agravado el asunto.
La fuerza del perdón...
Guardar rencor hacia quien nos ofendió se convierte en una carga difícil de soportar. Conforme pasa el tiempo, se torna más pesada. Nos roba la paz. Lleva a que nuestras acciones y pensamientos estén volcados hacia el ofensor. El resentimiento toma forma. Se convierte en una sombra que nos sigue a todas partes.
Amigos sicólogos a quienes consultamos, coincidieron en señalar que la falta de perdón hiere a quien la experimenta, pero también, a la persona que no es perdonada. Causa daño a todos. Lo grave del asunto es que sus consecuencias son devastadoras. Llevan a un estancamiento persistente en el proceso de crecimiento personal y espiritual y se convierte en foco de contagio a otros, de amargura, tristeza y dolor.
_____________________
La falta de perdón nos destruye
_____________________
Las relaciones interpersonales suelen tornarse difíciles y poco satisfactorias. Hay falta de confianza, una inclinación a criticar y rechazar lo que hacen los demás bajo el presupuesto de que si “alguien mi hizo daño, es probable que esta nueva persona me lo provoque también”.
Incluso, se puede llegar a enfrentar una tendencia a las enfermedades, producto de la falta de perdón. No sanar esas heridas, genera tristeza, angustia, impotencia frente al dolor que se siente por haber sido herido emocionalmente y desesperanza.
Cuando no perdonamos a quien nos causa daño, bien sea el cónyuge, un familiar o personas con las que interactuamos de manera permanente o eventual, se producen efectos a nivel espiritual ya que albergar odio hacia los demás pone una enorme barrera para que experimentemos a plenitud el amor de Dios (Cf. Mateo 5:43-48) Incluso, en las Escrituras aprendemos que nuestras oraciones y servicio al Señor se ven afectados por el hecho de no perdonar (Cf. Marcos 11:25, 26)
Igualmente a nivel físico dado que la falta de perdón engendra odio, venganza, resentimiento y tristeza, las que se convierten en una red que envuelve nuestra vida emotiva. Ese estado desencadena tensión en nuestro sistema nervioso que influye en el funcionamiento de nuestro organismo.
¿Cuántas personas no piden oración por su sanidad y, aunque lo hacen con fe, giran alrededor de la misma situación? Su sanidad sólo se produce cuando perdonan.
Una ofensa se extiende a muchos
otros...
Imaginamos que usted –como nos ha ocurrido muchas veces—se dejó arrastrar por el deseo de tirar una piedra en el centro mismo de un río tranquilo.
¿Lo hizo quizá en la adolescencia?¿Recuerda qué ocurrió? La piedra cayó, pero además, el impacto generó ondas a su alrededor que se extendieron progresivamente.
Igual ocurre con una ofensa. Alcanza no sólo a quien la recibe, sino a quienes se encuentran a su alrededor. ¿Ha visto familias enteras que no tienen trato con otras justo porque uno de sus integrantes alguna vez recibió una ofensa?
El apóstol Pablo enfrentó una situación similar. Pese a sus desvelos por ayudar al prójimo y predicar la Palabra de Dios, alguien en particular se empeñaba en tornarle la vida imposible.
_____________________
Perdonar a quien nos hizo daño, nos
hace libres
_____________________
Lo difamaba. Desconocía su autoridad. Cuestionaba su ministerio. ¿Qué hizo Pablo?¿Cuál fue su reacción?¿Qué camino tomó? Las respuestas a este y otros interrogantes, las hallamos en la segunda carta a los Corintios, capítulo dos, versículos del cinco al once. A partir de ese texto, podemos aprender varios principios de vida cristiana práctica.
Sobre el particular, Pablo escribió: “Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mi solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros”(2 Corintios 2:5).
Esa línea, breve pero contundente, nos debe llevar a reflexionar, de entrada, en el hecho de que no perdonar nos afecta pero también a la persona que nos ofendió e incluso, a quienes nos rodean.
¿Quién dijo que perdonar era fácil?
Perdonar no es fácil. Es algo en lo que nos identificamos todos. Nunca lo ha sido y, de seguro, no lo será. Pero es el camino más rápido para librarnos de la pesada carga que nos genera.
Frente a la ofensa que recibió Pablo, sus seguidores tomaron justicia por su mano. Y el apóstol les exhortó diciendo: “Le basta a tal persona (el causante de la ofensa) esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él”(2 Corintios 2:6-8).
Lo más posible en una persona común es que estuviera pensando en cómo vengarse. Pero Pablo les reconviene no solo a perdonarle sino a expresarle el amor de Cristo.
¿Rompe sus esquemas? Por supuesto que si ¿Siente que se le mueve el piso? Naturalmente. ¿La razón? A usted y a mi nos prepararon para aplicar la ley del Talión:”Ojo por ojo, diente por diente”.
Sin embargo. De acuerdo con el Evangelio, el perdón es una de las principales características del cristiano. Si usted profesa ser creyente, debe asumir esta pauta de vida práctica. Es ineludible.
Es común que digamos a alguien que nos ofendió: “Te perdono” y seguir albergando resentimiento en nuestro corazón. Es un perdón sólo de palabra. Pero la advertencia del apóstol Pablo es que debemos hacerlo delante de Dios, sin lugar a ningún revés. El dice: “... si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo”(versículo 10 b).
Es tanto como tener a mano una escritura de hipoteca de la propiedad de alguien. Esa vendría a ser la ofensa que recibimos y los sentimientos que despierta en nuestro ser.
Al optar por el perdón, la decisión es romper la hipoteca. No tenemos ya derecho a volver sobre el pasado. Perdonar es arrojar al fondo del mar lo que teníamos contra alguien.
El enorme valor del perdón
Cuando recibió la lluvia de golpes que se precipitaban sobre su cuerpo de todas partes y de todas las personas alrededor, a quienes en ese momento de angustia no podía definir por rostros específicos sino como una masa informe y torrencial que tenía en peligro su vida, lo único que atinó a decir fue: “Ayúdame, Dios mío. No me dejes morir”.
La contundencia de la agresión le tuvo bastante grave por varias horas. Los pasillos blancos, largos y angostos del hospital, impregnados del olor a fármacos y alcohol, fueron mudos testigos del dolor y tristeza de su madre que oraba a Dios en procura de que no lo dejara morir, y del ir y venir de su padre, de un lugar a otro, como un escape a la desesperación que lo embargaba.
Durante el tiempo que estuvo inconsciente ocurrieron varias cosas. La más significativa después del desespero de sus familiares, fue la cascada de informaciones de radio, prensa y televisión, que daban cuenta sobre el trágico incidente al término de un partido de fútbol.
Los hincas del equipo contrario se le fueron encima, para agredirlo, porque estaba solo. De haber estado acompañado, aquella habría sido una batalla campal y sangrienta.
_____________________
Es tiempo de reflexionar si
todavía guardamos rencor
hacia alguien
_____________________
Una vez recobró la conciencia, murmuró que estaba muy bien. “Deseo vivir”, explicó. Después de los prolongados silencios en que se sumió durante el período de recuperación, dijo como en una sentencia que todos sintieron como ejemplarizante: “Perdono a mis agresores. Ellos como yo tienen derecho a vivir.”
Ya está restablecido. Va de nuevo al fútbol y cursa primer semestre de una carrera universitaria. El incidente le enseñó una gran lección: la importancia de perdonar.
Con los seres humanos ocurre algo curioso. Si fallamos, esperamos la comprensión, tolerancia e incluso, el perdón de los demás. Sin embargo cuando son los demás los que fallaron, nos tornamos inflexibles y consideramos “imperdonable” la afrenta de la que hemos sido víctimas.
La medida debe ser inversa. Si esperamos perdón, debemos perdonar. Si anhelamos comprensión, debemos comprender. Si aspiramos un mundo donde haya tolerancia, usted y yo debemos ser tolerantes.
El Señor Jesús instruyó a sus discípulos: “Así que traten a los demás como les gustaría que los traten a ustedes. Ese es el verdadero significado de la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas.”(Mateo 7:12, La Palabra de Dios para todos).
La determinación de perdonar o no, es personal. Nadie puede decidir por usted. Ahora, si nos movemos por los patrones que prevalecen alrededor, seguramente nos dejaremos influenciar por la filosofía egoísta que dice: “Perdono, pero no olvido”.
No obstante y aun cuando nos resulte difícil de aceptar, la única salida está en perdonar y olvidar. Una acción ligada a otra, no en nuestras fuerzas sino con ayuda del Señor Jesucristo.
Perdonados para perdonar
Es común encontrarnos con personas que se encuentran encarceladas por la falta de perdón. Se sienten atormentados con el pasado. En tales casos resulta edificante e inspirador llevar a que imagine que entra a la oficina celestial.
El Señor Jesús levanta sus ojos por encima de los anteojos. Sonríe y con un gesto amable, le invita a sentarse, frente a su escrito.
--Dime, ¿qué te trae por acá?—le dice mientras sigue organizando papeles arrumados.
--Señor Jesús... —le explica usted--: Vengo porque hace algún tiempo robé en la empresa donde trabajo...—
--Ajá... y ¿qué más?—le interroga de nuevo.
--Señor Jesús, pues que una y otra vez esos recuerdos vienen a mi mente y no me dejan vivir en paz—
--Déjame buscar ese pecado—responde el Maestro mientras se dirige al computador.—Dame tu nombre completo...—teclea, y de nuevo pregunta—Tus apellidos...—después de las respuestas, escribe de nuevo. Guarda silencio por segundos que a usted le parecen eternos--. Mira, no hallo nada contra ti. Según los archivos, con mi muerte en la cruz ya no tienes pecados y menos ese que mencionas... --.
--Señor Jesús pero me siento culpable de haber robado—interviene usted reflejando angustia en el rostro.
--Déjame explicarlo ¿Tu robaste antes o después de permitirme que entrara en tu corazón?—pregunta.
--Antes de aceptarte en mi vida, por supuesto—responde usted a lo que Jesús, mirándolo con una sonrisa amplia le dice:
--Ahí está la explicación. Tus pecados fueron borrados. No existen y, por mucho que quisiera, no puedo guardarlos en el archivo porque ya fueron perdonados--.
Usted sale de la oficina celestial, se vuelve a Jesucristo y le dice:--Gracias...—
--No te preocupes, simplemente vete y no peques más... —le responde.
Esa es la descripción más sencilla y gráfica que tengo del milagro que Jesucristo obró en su vida.
En el evangelio leemos que “...Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo:--Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”(Marcos 15:37-39).
En aquel instante de suma trascendencia para la historia del hombre, el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, donde estaba la presencia misma de Dios en el templo, se rasgó. El sacrificio del Señor hizo posible que usted y yo recibiéramos el perdón por todos nuestros pecados, que nos separaban de la presencia del Señor. Ahora podamos ir ante la presencia misma del Creador para hablar con El en oración y recibir perdón por nuestros pecados.
Y ¿qué pasó con lo que hicimos ayer? Quedó en el ayer, sepultado, en el olvido.
El apóstol Pablo lo explicó en términos sencillos en una carta dirigida a los creyentes de Colosas: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz...”(Colosenses 2:13, 14).
Si en contra nuestra había un cúmulo de acusaciones por todos los errores cometidos—y permítanos enfatizar: por todos los errores cometidos, cualesquiera que hayan sido--, la sangre de Cristo nuestro amado Salvador, dejó en blanco el sumario de pecados.
Frente a nosotros se abren las páginas en blanco de los nuevos capítulos que debemos escribir en los años de vida que tenemos delante. Igual, quien nos ofendió, por grande que haya sido el daño, recibe el perdón de Dios si se lo pide y nosotros mal hacemos en guardar ese resentimiento. Es como llevar una pesada carga en nuestras espaldas.
Si tiene alguna inquietud, por favor, escríbanos a pastorfernandoalexis@hotmail.com o llámenos al (0057)317-4913705.
© Fernando Alexis Jiménez
NOTA IMPORTANTE: Espere mañana la segunda parte de este Estudio Bíblico sobre Sanidad Interior. No olvide escuchar VIDA DE ÉXITO a las 4.00 pm, hora de Colombia. Recuérdelo, es a través de www.triunfandostereo.org Síganos en http://estudiosbiblicos.jimdo.com y www.guerraespiritual.org
Escribir un comentario - Ver los 0 comentarios
Uno de los peores enemigos del matrimonio es la monotonía. Toma fuerza con el paso del tiempo. Primero como un brote que asoma perezoso—y que
generalmente no percibimos a tiempo—para convertirse en un árbol frondoso que destruye todo a su paso.
Todo mi capital quedó reducido a un charco, sobre un costado de aparato en el
que colocaba todos los elementos para las preparaciones.
n