¿Cómo resolver conflictos en el hogar?

Fernando Alexis Jiménez

El lugar donde reside Raúl no es propiamente halagador. Por el contrario, revela descuido y hacinamiento. El cuarto de pocos metros luce desordenado. Hay ropa por todas partes, libros, revistas, un vaso de agua que derramó el contenido, dos recibos por cancelar y un álbum viejo. Allí guarda las fotografías de lo que fue su familia.

--Yo los amo, de verdad—me dijo mientras revisábamos su vida matrimonial--, pero no soportaba tantos enfrentamientos. No entendía a mi esposa, y ella no me entiende tampoco. Se que la amo, pero no se cómo volver a comenzar—enfatizó.

En dos ocasiones intentaron regresar. Pero fue peor que antes. Terminaban en enfrentamientos que despertaban angustia entre los vecinos, que llevaban platos a volar por entre los cristales de las ventanas y que una vez concluyó con la imagen patética de Raúl en el umbral de la puerta mientras su cónyuge le arrojaba toda su ropa, desde dentro.

--Nunca más quiero saber de ti ¿Me escuchaste? Nunca más...—vociferaba la mujer al tiempo que cerraba con furia el portal, que vibró con el golpe.

Y allí estábamos los dos, conversando, tomando café tinto y revisando qué pudo ocurrir. No es el primer caso, y sin duda, tampoco será el último.

¿A quién recurría en sus conflictos?

La pregunta obvia:--Raúl, y en los conflictos ¿A quién recurrías?—

Me miró con la expresión de quien no sabe responder. –A nadie, yo resuelvo mis problemas solos. Y lo primero que hacía era tratar de resolver las diferencias momentos después de las discusiones, pero era peor--, dijo.

Muchas personas al igual que este fotógrafo de profesión, obran así. Confían en sus propias capacidades y terminan enredados en un laberinto sin salida. Como no tenía nada que perder, aceptó que revisáramos un Salmo de la Biblia. Es el 127.

--Hace tiempo que no leo la Biblia—confesó. De buena gana leyó conmigo los primeros dos versículos del texto: "Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el SEÑOR no guarda la ciudad, en vano vela la guardia. Es en vano que os levantéis de madrugada, que os acostéis tarde, que comáis el pan de afanosa labor, pues El da a su amado aun mientras duerme." (versículos 1 y 2. La Biblia de Las Américas).

--¿Te das cuenta?—le pregunté. Leyó de nuevo el pasaje, sus ojos se abrieron como si acabara de descubrir un tesoro enterrado en mitad de una avenida poblada de gente.

--¡Claro! Eso es lo que me pasó. Jamás llevé a Dios mis problemas. Es más, nunca se los presenté en oración. Pensé que el Señor estaba muy ocupado para prestar atención a esas tonterías—razonó Raúl mientras releía el texto.

Coincidíamos en dos elementos de suma importancia: el primero, que a Dios sí le importa nuestro hogar y cualquier incidente --por mínimo que parezca-- debemos llevarlo a su presencia en oración. Nadie más que El nos puede otorgar la sabiduría necesaria para expresar las palabras apropiadas en el momento indicado.

El segundo aspecto, es que Jesucristo debe reinar en nuestro hogar. De lo contrario, serán nuestros propios sentimientos—la mayor parte de las veces equivocados o sujetos a variaciones de todo género—y no hallaremos una solución fácil cuando nos encontremos en medio del laberinto.

0319808BEl hogar cuenta también por los hijos

Cuando se produce una ruptura al interior de la familia, los hijos son los quienes llevan la peor parte. Son un tesoro muy preciado para Dios quien inspiró al salmista para que escribiera: "He aquí, don del SEÑOR son los hijos; y recompensa es el fruto del vientre. Como flechas en la mano del guerrero, así son los hijos tenidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba; no serán avergonzados cuando hablen con sus enemigos en la puerta." (versículos 3 y 4. La Biblia de Las Américas).

--¿Pensaste en tus hijos?—le pregunté, conociendo de antemano la respuesta. Ni usted ni yo lo hacemos cuando discutimos con el cónyuge. Es más, mantenemos disputas delante de ellos.

--No, sabes bien que no. No razonaba. Simplemente daba rienda suelta a mi ira—admitió Raúl. Acto seguido revisamos cada uno de los enfrentamientos en los que estuvieron presentes los chicos. También algo interesante: muchas discusiones pudieron evitarse si tan solo uno de los dos hubiera guardado silencio en el momento oportuno. –Realmente uno sigue y sigue y pareciera que nunca se detendrá—compartió al razonar que fue posible calmarse antes de hablar.

Después de esta y muchas otras conversaciones que mantuvimos, acordamos orar delante del Señor en procura del restablecimiento de ese hogar. No fue fácil. Habían bastantes heridas en los dos. Sin embargo, poco a poco lo están logrando. Lo entendí ayer cuando terminó el servicio religioso y evaluamos que, involucrando a Dios, sí es posible que las cosas funcionen.

Un hogar a nuestra manera, en nuestras fuerzas, está destinado al fracaso. Con la ayuda de Dios, saldrá adelante...

No olvide un principio de vida cristiana práctica: el Señor Jesucristo es quien debe reinar en su matrimonio... El nos concede la sabiduría necesaria para saber pensar y actuar... Revise su vida, es probable que usted mismo esté necesitando a Dios en su hogar... Nunca es tarde para empezar... Hoy puede ser el día...

Siempre podemos comenzar de nuevo

El que no pudiera recorrer muchas calles de ciudad de Panamá le mortificó tanto que un día cualquiera, sumido en la soledad de su cuarto, pensó en quitarse la vida, pero el llanto de un niño—dos cuartos más allá del lugar en el que rentaba habitación--, le hizo reflexionar que la vida tenía sentido y que valía la pena vivirla, así fuera con problemas.

La decisión inmediata fue reemprender el camino y regresar al barrio en el que, doce años antes, sembró el terror entre sus víctimas. Además de robarlas, les propinaba duras golpizas y en dos ocasiones, dejo medio muertos a quienes infortunadamente transitaron el lugar, pasadas las seis de la tarde.

Pidió perdón a los familiares. Unos le rechazaron, otros cerraron las puertas frente a sus narices y hubo quien intentó agredirle. A todos les explicaba que había cambiado y les pedía una nueva oportunidad.

Anselmo Franco Viladés es hoy predicador evangélico. Proclama a los cuatro vientos que hay salida al laberinto. Presenta a Jesucristo como la respuesta a los problemas del hombre moderno. Se ha constituido en un quijote sin fronteras que habla a todos cuantos le brindan un espacio.

¿Cómo se produjo su cambio? El día que reconoció su error, se dispuso a comenzar una nueva vida y dio los primeros pasos pidiendo perdón a Dios y las fuerzas suficientes para salir airoso en su propósito.

Usted también puede

Cambiar es posible con la ayuda de nuestro amado Dios. El no nos rechaza, por el contrario, nos abre las puertas a una nueva existencia tal como lo describe en antiguo patriarca de Israel: "Sométete a Dios; ponte en paz con él, y volverá a ti la prosperidad. Acepta la enseñanza que mana de su boca; ¡grábate sus palabras en el corazón! Si te vuelves al Todopoderoso y alejas de tu casa la maldad, serás del todo restaurado..." (Job 22:21-23).

Es probable que esté cansado de actuar y vivir como hasta ahora. Ha intentado una transformación en su existencia, pero ha fracasado. Siente no podrá hacerlo. Sin embargo hay una nueva oportunidad. La ofrece el Señor Jesucristo. El murió por nuestros pecados para darnos el perdón. Tenemos frente a nosotros una nueva oportunidad. Acéptela en su corazón y comience de nuevo hoy...

Quizá le falta algo...

Es probable que sienta que todavía algo falta en su vida. Ese vacío sólo puede llenarlo nuestro amado Señor Jesucristo. El murió y resucitó para darnos vida.

El cambio que tanto anhela comienza aceptándolo en su corazón como el único y suficiente Salvador. Dígale: "Señor Jesucristo, reconozco que he pecado. Gracias por perdonar todos mis pecados y abrirme las puertas a una nueva vida. Te acepto en mi corazón. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén".

Si tomó esta decisión, lo felicito. Es el mejor paso que puede haber dado en su existencia. Ahora le comparto tres sugerencias. La primera, que asuma el hábito de buscar a Dios cada día en oración; la segunda, que estudie y aprenda de Su palabra mediante la lectura de la Biblia, y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia.

Si tiene alguna inquietud, no dude en escribirme.

© Fernando Alexis Jiménez – Contacto (0057)317-4913705

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DOS ESPACIOS EN INTERNET QUE TRANSFORMARAN TU VIDA

 

Por Fernando Alexis Jiménez
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Jueves 4 febrero 2010 4 04 /02 /2010 17:09

No ponga límites a los milagros de Dios

Ps. Fernando Alexis Jiménez

No, no se formó para ser un alto ejecutivo de empresa, ni médico como soñaba su madre, y menos el arquitecto famoso y acaudalado que deseaba su padre que fuera. Por el contrario, desde muy pequeño se dio a la tarea de buscar a Dios.

 

No faltaba al servicio religioso, que seguía con sumo cuidado, ocultando en lo más profundo de su corazón la admiración que sentía por aquellos ministros. Incluso dejaba volar la imaginación en las noches calurosas y tachonadas de estrellas en el cielo limpio de su pueblo, con el tiempo en el que llegaría a ser profeta.

 

Y Dios le concedió ese privilegio. Ejerció. Lo hizo con altura, procurando honra y gloria a Su Creador. ¡Tenía en sus manos la oportunidad de servirle y no iba a desperdiciarla!

 

Una joven robó su corazón—la parte romántica de la historia--, y contrajo matrimonio.

 

--Es un profeta, mujer, ¿qué futuro puede ofrecerte y a tus hijos mañana?—le insistían los familiares y amigos, tratando de disuadirla; pero el amor que le prodigaba a aquél hombre de Dios, pesó más que las mil recomendaciones. Luego vinieron los hijos; un acontecimiento maravilloso que llenó sus vidas de alegría.

 

2058457375.jpgSin embargo y como diría mi abuelo Rogerio: “Nada es para siempre”. Murió el hombre, y con el deceso, las deudas que pesaban sobre sus hombros, en medio de la vida austera que llevó por años. Tristeza, dolor, desolación.

 

Ahora comprenderá lo complejo de la escena que relata la Biblia: La viuda de un miembro de la comunidad de los profetas le suplicó a Eliseo:—Mi esposo, su servidor, ha muerto, y usted sabe que él era fiel al Señor. Ahora resulta que el hombre con quien estamos endeudados ha venido para llevarse a mis dos hijos como esclavos. ”(2 Reyes 4:1, Nueva Versión Internacional)

 

¡Tremendo drama! Las deudas no daban tregua y se encontraba a las puertas de un embargo. Lo único que podrían tomar como prenda eran sus hijos, aquellos en los que la mujer se consolaba y tenía cifradas sus esperanzas.

 

¿Siendo cristiano ha enfrentado situaciones difíciles en materia de salud, a nivel económico, familiar o incluso ministerial que ameritan el que ocurran milagros? Si es así, entonces el estudio que tiene en sus manos es para usted. Lo invito para que juntos, Biblia en mano, estudiemos y aprendemos unos principios sencillos y prácticos que dinamizarán su vida personal y espiritual.

 

1. ¿Se cerraron todas las puertas? Recurra a Dios

 

Nuestro amado Padre celestial se especializa en modificar las circunstancias de tal manera que lo imposible se hace posible, es decir, que los milagros ocurren. No importa que las puertas se hayan cerrado y piense que llegó a un callejón sin salida. ¡Dios quiere manifestarse en su vida con poder! No importa cuán grande parezca el problema.

 

¿Qué ocurrió en el drama de la viuda? —¿Y qué puedo hacer por ti? —le preguntó Eliseo—. Dime, ¿qué tienes en casa? —Su servidora no tiene nada en casa —le respondió—, excepto un poco de aceite.”(2 Reyes 4:2, NVI).

 

Aun cuando creamos que el camino termino, siempre hay una salida en el Señor. Para Él todo es posible, y lo poco nuestro es muchísimo en sus manos. Ese es el Dios de poder y de gloria en el que hemos creído.

 

2. Crea sin cuestionar

 

Uno de nuestros mayores impedimentos para que se produzcan milagros, es justamente la incredulidad. Cada vez que aplicamos lógica a lo que Dios nos pide, levantamos enormes barreras al mover del Señor en nuestra existencia.

 

¿A qué viene todo este preámbulo? A las instrucciones que le impartió Eliseo a la viuda: Eliseo le ordenó:—Sal y pide a tus vecinos que te presten sus vasijas; consigue todas las que puedas. Luego entra en la casa con tus hijos y cierra la puerta. Echa aceite en todas las vasijas y, a medida que las llenes, ponlas aparte.”(2 Reyes 4:3, 4, NVI)

 

¿Qué pretendía hacer Dios?¿Acaso con un poco de aceite se iba a resolver el problema de las deudas?  Y, ¿cómo podría multiplicarse un poco de aceite? Era ilógico.

 

Ahora, con la mano en el corazón: ese mismo razonamiento que pudo hacer la viuda, es el mismo—guardadas las proporciones—que nos asalta cuando necesitamos un milagro. Le aplicamos al asunto un ingrediente altamente negativo: la racionalización. Olvidamos que Dios no se mueve en la lógica que nos asiste a usted y a mi, y que además rompe todos los esquemas. Su poder es ilimitado.

 

3. Fe es actuar

 

32.jpgLa fe está íntimamente ligada al dar pasos concretos, es decir, a obrar. Actuar. Dejar de lado el proceso de racionalización, conforme nos arrastra a hacerlo nuestra mente finita. Es necesario abrirle paso a creer. Aunque parece simple, es un proceso bastante complejo.

 

En seguida la mujer dejó a Eliseo y se fue. Luego se encerró con sus hijos y empezó a llenar las vasijas que ellos le pasaban.  Cuando ya todas estuvieron llenas, ella le pidió a uno de sus hijos que le pasara otra más, y él respondió: «Ya no hay.» En ese momento se acabó el aceite.”(2 Reyes 4:5, 6, NVI)

 

Cuando ponemos algún manto de duda, se levanta una enorme barrera a la ocurrencia de los milagros. Los hechos portentosos se ven impedidos, no por el Señor sino por la incredulidad que dejamos anidar en el corazón.

 

4. No ponga límites al obrar de Dios

 

Los límites al obrar de Dios no los pone Él sino cada uno de nosotros. ¿Qué hubiese ocurrido si la provisión de vasijas hubiese sido mayor? Sin duda el fluir del aceite habría sido infinito.

 

A través de algo tan elemental, el amado Padre obró un milagro para la viuda y sus hijos: La mujer fue y se lo contó al hombre de Dios, quien le mandó: «Ahora ve a vender el aceite, y paga tus deudas. Con el dinero que te sobre, podrán vivir tú y tus hijos.»”(2 Reyes 4:7, NVI)

 

Tal vez usted enfrenta una situación difícil. Necesita un milagro, ahora, hoy mismo. Todo cuanto ha intentado resultó en fracaso. Es posible que considere que no hay para usted ninguna oportunidad...

 

¿Qué hacer? Reconozca con sinceridad que llegó al límite de sus fuerzas y vuelva su mirada a Dios. Él es especialista en milagros. Clame a Él. Persevere. No se de por vencido. El Señor transformará las circunstancias, cualesquiera que fueran, y verá hechos portentosos y maravillas en su existencia, representados en provisión económica, sanidad física y emocional, y modificación en situaciones difíciles que parecían imposibles de resolver… ¡Hoy es el día para su milagro!

 

Si tiene alguna inquietud, por favor, no dude en llamarme a (0057)317-4913705 o escribirme a fernandoalexis@aol.es  

 

© Fernando Alexis Jiménez – (0057)317-4913705


 

Por Fernando Alexis Jiménez
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Martes 26 enero 2010 2 26 /01 /2010 19:37

Hombres y Mujeres que marcan la diferencia

Fernando Alexis Jiménez

Si algo le hacía brillar los ojos con la misma avidez de un gato en plena faena de casa en una noche oscura, era ver correr sangre. Algo que le atraía poderosamente y le llevaba a sentirse dueño de la vida, como un dios. Felipe se ufanaba junto con sus amigos, reunidos en la misma esquina de barrio de siempre, desde las seis de la tarde hasta que el frío lo obligaba a irse a casa. "Lo obligue a estar de rodillas. Me suplicaba, que su esposa, que sus hijos, que no los dejara huérfanos. Y yo, nada. Te mueres. Y el disparo. Y verlo caer. No lo imaginan. Y mañana, compren el periódico para que lo vean", relataba, enfatizando los pormenores.

¿De una cárcel? Decía que era el refugio de los cobardes. "El día que me toque a mí, me muero. Primero bajo tres metros de tierra antes que encerrado en una jaula", decía con ese temor que nunca ocultó al encierro.

Las armas lo apasionaban. Cambiaba de modelo y de marca, como de celular. Cada peso que se agenciaba cometiendo crímenes y atracos lo destinaba a las drogas. Un círculo vicioso que jamás terminaba. Una espiral sin fondo. Un agujero en el infinito. Levantarse de mañana, cometer sus pillerías, drogarse y preso de la euforia, proclamar entre sus conocidos las acciones delincuenciales para luego dormir, en esa sucesión interminable de imágenes de pesadilla.

Lo capturaron un sábado, cuando caía la tarde y se aprestaba a pasar una noche de parranda, acompañado de una joven que había conocido en un restaurante. Antes de salir de su habitación practicó varios pases de baile, especialmente de merengue, el que más le gustaba. Dos agentes lo retuvieron. No tuvo tiempo de decir nada. Cayó al suelo. Vociferaba, y en menos de lo que podía imaginar, estaba en una celda, estrecha, húmeda, con inscripciones, números de teléfono y nombres por todo lado.

Ese penal sería su casa por más de siete años, de los veinticinco a los que le condenaron por sus innumerables crímenes. El cambio, sin embargo, llegó seis meses después de estar encerrado. Le visitó una mujer que le habló de Jesucristo y terminó haciendo la oración de fe, más por el desespero y el ánimo de que ella se fuera, que por el deseo sincero de cambiar de vida. Pero esas sencillas palabras, marcaron una transformación en su vida. No podía consumir cocaína como antes, no le hacía efecto y se negó, pese a la insistencia de dos compañeros de celda, a seguir vendiendo alucinógenos. Una fuerza que no podía explicar, se lo impedía.

Incluso comenzó a leer la Biblia. Ahora no dependía de sus esfuerzos sino de Dios. Y cuando menos lo pensó, estaba orando. Buscando a ese mismo Señor Jesús que tantas veces rechazó.

Por más de cinco años, estando aún bajo condena, marcó una diferencia entre sus compañeros. Con hechos demostró que el medio ambiente no es finalmente el que moldea el comportamiento de una persona. Que cada quien puede definir si actúe conforme a los parámetros del mundo. Fuera de la cárcel, sigue predicando, con ahínco, dispuesto a no perder un solo segundo, conciente que cada minuto vale oro.principiosyvalores.jpg

Productos iguales, rótulos diferentes

Cuando voy de compras con mi esposa Lucero, comparamos sinnúmero de productos que tienen la misma composición física y química, que generan iguales efectos, pero que son presentados con diferente rótulo. El precio depende de la empresa—nacional o extranjera—que los produce. Es más, muchas veces anuncian adiciones y componentes que potencializan el artículo para mayor beneficio de los usuarios. Sin embargo cuando se prueban, se corrobora que no se ha modificado nada.

¿Le suena familiar? Sin duda que sí. Yendo un poco más allá, entramos que una dinámica similar ocurre con decenas de hombres y mujeres en todo el mundo. En su afán de cambiar y experimentar crecimiento en las esferas personal y espiritual, recurren a toda suerte de corrientes seudo-religiosas o filosóficas.

Asisten entusiasmados a cursos de superación, dicen "Maravilloso. Una experiencia jamás imaginada. ¡Mi vida jamás será la misma!". Acompañan sus afirmaciones con sonrisas confiadas como en los comerciales de dentífrico de la televisión. Pasado un tiempo, descubren que nada ha cambiado y siguen siendo las mismas personas, con las mismas expectativas de siempre. Productos iguales con rótulos diferentes.

Llamados a marcar la diferencia

Ningún ser humano está llamado a quedarse en un nivel estático; por el contrario, un principio dinámico se fundamenta en el hecho de que hombres y mujeres—indistintamente de su condición social, cultural o económica—están llamados a crecer, a evolucionar. Avanzar a nuevas alturas.

El Señor Jesús lo enseñó en términos prácticos: "Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa." (Mateo 5:14, 15. Nueva Versión Internacional)

Sal y luz del mundo. Dos componentes que transforman. Y eso es justamente lo que usted y yo debemos ser, agentes de cambio donde quiera que nos encontremos.

Más que dejarnos influenciar por el entorno, debemos asumir un papel activo y protagónico: influir en el mundo que nos rodea.

Es un proceso que está fundamentado en dos pilares: pensar y actuar de manera diferente que el común de la gente, tomando como punto de referencia el momento en que nos decidamos por el cambio. Este principio lo resaltó el Maestro cuando dijo: "Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo." (Mateo 5:16, Nueva Versión Internacional)

El segundo es que si nuestras actitudes no son distintas que otrora, no ha habido cambio y por ende, no estamos marcando la diferencia. Somos productos iguales con distinto rótulo.

¿Qué influye en su vida?

Todo alrededor nuestro ejerce una poderosa influencia en nuestro ser si se lo permitimos. Si nos alimentamos de la maldad del mundo, cultivaremos maldad en el corazón, y por supuesto, obraremos maldad. Fe ahí la necesidad de poner un filtro a la información que recibimos y procesamos en la mente.

El axioma es sencillo: obramos de acuerdo con lo que pensamos, y pensamos de acuerdo a la información que anidamos en el corazón. El rey David lo expresó de manera práctica cuando escribió: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores..." (Salmo 1:1 a, Nueva Versión Internacional)

Una sociedad como la nuestra, gobernada por el pecado, legitima lo pecaminoso. Le parece normal. Esa realidad determina el que desarrollamos dos elementos claves en nuestra existencia: el sentido de justicia y el principio de la rectitud. El primero nos ayuda a poner en una balanza todo cuanto concebimos u obramos, y el segundo, nos permite caminar en consonancia con lo que Dios espera de nosotros.

En conjunto, los dos nos ayudan a no movernos en la dirección que el resto de las personas en camino al caos personal y social. En otras palabras, es comenzar a marcar la diferencia. Dejar de ser productos iguales con rótulos diferentes.

"Dime con quien andas... y..."

Además de los regaños por mi hiperactividad, a mi abuela Mélida le debo buena parte de las enseñanzas que han resultado valiosas en mi cotidianidad. Una de ellas es un refrán muy popular en Latinoamérica: "Dime con quién andas y te diré quién eres".

El rey David lo expresó en otros términos que tienen profundo significado: "...ni cultiva la amistad de los blasfemos..." (Salmo 1:1 b)

Las amistades hay que evaluarlas cuidadosamente. Si alguien me insta e incluso, genera condiciones propicias para que usted y yo obremos maldad, no lo podemos considerar una amistad apropiada y verdadera. Es el tipo de personas a quienes—sin cortar de plano la posibilidad de hablar—debemos distanciar. Aunque parezca demasiado radical, es la actitud que ayuda en estos casos.

Tomemos el caso de Jorge Alberto, un hombre convertido a Jesucristo pasados los cuarenta años. Su esposa llevaba mucho tiempo orando por él. Sumamente difícil: era borracho, mujeriego, con ínfulas de ateo y un complejo de superioridad que le acompañaba como una sombra, sin dejarlo actuar equilibradamente. Cuando volvió la mirada a Dios, experimentó un cambio altamente positivo.

Justo cuando iba avanzando en el crecimiento personal y espiritual, sus amigos de otrora lo invitaron –una y otra vez—a irse de farra. Él los oía de buena gana. Pese a ello, los frecuentaba. Finalmente cedió a la tentación y volvió a ser el mismo bebedor de antes. ¡Pudo evitarse una caída espiritual si solo se hubiera apartado a tiempo de quienes, llamándose sus amigos, le presionaban a volver atrás de su andar cristiano. Recuerde: debemos marcar la diferencia.

Asuma nuevos principios de vida

Hace pocos días el computador portátil de casa se echó a perder por un virus. Se perdieron muchas fotografías, apuntes deshilvanados para artículos y escritos futuros. Lo curioso del asunto es que el técnico de sistemas me miró con una amplia sonrisa y dijo: "Nada de qué preocuparse. Es más , el aparato tiene memoria suficiente para incorporarle nuevos programas que le serán sumamente útiles".

Ese incidente viene a mi mente cuando veo este principio en la Escritura: "... sino que en la *ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella..." (Salmo 1:2). Es esencial incorporar nuevas pautas de pensamiento a nuestra vida, las cuales—fundamentadas en la Biblia—producirán cambios en nuestro ser. Tendremos una afectación positiva. Pensaremos y actuaremos diferente. Base para el crecimiento personal y espiritual.

Cuando se opera una transformación en nuestro ser, se producen dos cosas: la primera, mejora nuestra intimidad con Dios y las relaciones interpersonales, y la segunda, vienen a nuestra vida bendiciones de lo alto: "Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera!" (Salmo 1:3)

Todos los seres humanos podemos cambiar, no en nuestras fuerzas sino en las de Dios. Con la ayuda del Señor Jesucristo podemos lograrlo. Él nos acompaña durante todo el proceso. Nos guía y fortalece a cada uno. Pero el paso inicial es recibirlo en nuestro corazón, abrir las puertas a una existencia renovada. Tomados de Su mano, podemos ser hombres y mujeres que marquen la diferencia.

¿Tomó la decisión?

La decisión más importante de todo ser humano es recibir a Jesucristo como Señor y Salvador. Hacerlo es muy sencillo. Incluso ahora mismo, allí donde se encuentra. Dígale: "Señor Jesucristo, te recibo en el corazón como mi único y suficiente Salvador. Gracias por morir en la cruz por mis pecados y abrirme las puertas a una nueva vida. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén".

Tengo tres sugerencias para usted. La primera, hable cada día con Dios. Eso es orar. Desarrollar intimidad con nuestro Padre celestial. La segunda, lea la Biblia en donde aprenderá principios dinámicos tomados de la Biblia que le ayudarán en su crecimiento personal y espiritual, y la tercera, comience a congregarse en una iglesia cristiana. ¡Hoy ha comenzado una nueva vida!

© Fernando Alexis Jiménez – Contacto (057)317-4913705 
Email personal:
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Por Fernando Alexis Jiménez
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Miércoles 6 enero 2010 3 06 /01 /2010 15:02

¿Edifica o destruye con sus palabras?

Fernando Alexis Jiménez

Una palabra. Una sola. Ofensiva. Demasiado cargada de rabia y resentimiento. Esa sola expresión, que resultó demasiado fuerte, bastó para que se rompieran varios años de buena relación matrimonial. “No lo voy a soportar”, le gritó, presa de la ira. Salió dominada por la ira, cerrando la puerta violentamente tras de sí. Raúl corrió a la enorme ventana de la sala y la vio alejarse, con ese caminado característico de su esposa que siempre le gustó, desde que la encontró una tarde lluviosa en la cafetería de la universidad.

 

Ese también fue para él, el comienzo de un largo viacrucis. Le hacía enorme falta su cónyuge. Pasaba las noches en vela. Daba vueltas en la cama intentando conciliar el sueño pero sus esfuerzos resultaban infructuosos. La vida se le convirtió en un verdadero infierno. En la noche y durante la madrugada, que le parecían más largas que de costumbre, anhelaba que amaneciera, y cuando llegaba al trabajo, ya estaba deseando que sonara el timbre marcando la salida de la empresa. Y el ciclo comenzaba de nuevo. Interminable. Doloroso. Insufrible.

 

La llamó muchas veces. Al principio simplemente descolgaba el auricular y aunque él se despachaba con todas las palabras atropelladas una tras otra, como una enorme cascada que se precipita en un abismo, ella no musitaba respuesta; se limitaba a colgar. Después, cansada del asedio de Raúl, decidió cambiar el número del teléfono.

 

--Dios mío, ayúdame. Prometo que si la traes de nuevo, jamás repetiré el mismo error--, clamaba él medio de su desesperación, acompañado apenas por la soledad y el silencio de un cuarto que le parecía cada vez más extraño.

 

Repitió su oración muchísimas veces, tantas, que perdió la cuenta. “Pareciera que no me escuchas”, solía quejarse ante el Señor.

 

Un día se aventuró a esperarla a la salida del trabajo. Sabía que invariablemente terminaba turno pasadas las seis de la tarde. Y no se dio por vencido, aunque estaba cayendo una lluvia pertinaz sobre la ciudad. Impasible. Dispuesto a abordarla. Incluso, preparado por si Raquel le hacía pasar una vergüenza haciéndole un desplante. No se dio por vencido, aunque perdió la cuenta de las veces que consultó su reloj, con la sensación de que las manecillas parecían haberse detenido en el tiempo.

 

--Tenemos que hablar—le dijo, y sin esperar respuesta, casi arrastrándola de una mano, la condujo a un parquecito. Sentados, ajenos a lo que ocurría alrededor e incluso, al niño que casi les golpea con una pelota, se decidió a pedirle perdón--: Reconozco que cometí un error. No debí haber dicho lo que aquél día. Pero estaba enfurecido. Sé que sabrás perdonarme…--Y esperó la respuesta un tiempo que le pareció una eternidad.

 

La conversación fue apresurada, con pedidos de perdón y compromisos de no reincidir en decir palabras que causaran heridas. “Yo reconozco que también me excedo en ocasiones. Pero verás que en adelante no va a ocurrir…”.

 

¿Mide el alcance de lo que dice?

 

Resulta sorprendente, pero lo que decimos, cómo lo decimos y en qué momento lo decimos, resulta determinante para que las relaciones interpersonales sean altamente satisfactorias, medianamente manejables o sencillamente, se inclinen al resquebrajamiento. Si tomáramos conciencia de la enorme carga que representan las palabras, mediríamos cuidadosamente cada respuesta.

 

No olvides que muchos países entraron en conflicto, solamente porque sus dirigentes no tuvieron cuidado de lo que decían. Desataron confrontaciones de carácter internacional, sólo a partir de palabras dichas en el momento menos oportuno”, me dijo un joven durante una charla que dictaba en otro país. Coincidimos todos que a través de la historia, hablar sin pensar, ha traído consecuencias nefastas.

 

Edificar o destruir, he ahí el asunto clave

 

Usted se sorprendería al comprobar el enorme poder motivador o desmotivador que encierran las palabras. Cuando algún componente de la familia se encuentra atravesado por una etapa difícil debemos compartirle palabras que le infundan ánimo.

 

En la antigüedad uno de los más grandes exponentes de pautas de vida, enfatizó en el enorme poder de lo que decimos, que se orienta a edificar o destruir a nuestros interlocutores: En la enfermedad el ánimo levanta al enfermo…”(Proverbios 18:14, Nueva Versión Internacional). Y también que “En la lengua hay poder de vida y muerte; quienes la aman, comerán su fruto”(Proverbios 18:21, Nueva Versión Internacional)

 

Se alcanzan grandes resultados en el fortalecimiento de nuestro interactuar con la familia y en general con quienes nos rodean, cuando desechamos las manifestaciones de crítica y rechazo e infundimos ánimo, estimulando e impactando positivamente en la forma como nos expresamos.

 

En muchas ocasiones palabras que afectan favorablemente a nuestros interlocutores, acompañan el proceso de cambio y crecimiento personal y espiritual. “Sus palabras pueden dar a su cónyuge el valor necesario para dar ese primer paso”, asegura el sicólogo Gary Chapman, en su extraordinario libro “Los cinco lenguajes del amor” (Editorial Unilit, pp. 42)-

 

Animar implica ponernos en los zapatos del otro para procurar identificar cómo se encuentra, y así poder escoger los términos apropiados cuando le abordamos en una conversación.

 

Evaluar cuidadosamente cómo nos expresamos

 

Así como resulta muy importante el hecho de que sepamos decir las cosas, debemos ligar ese proceso de dialogar con el tono de voz apropiado, evidenciando con nuestros gestos que deseamos colaborar y, además, utilizando los vocablos indicados para cada ocasión. La forma como nos comunicamos es clave; jamás debemos olvidarnos del papel preponderante que ocupa la comunicación en las relaciones al interior del hogar y con las personas que nos rodean.

 

¿Qué hacer si nuestro interlocutor, que bien puede ser nuestra pareja o uno de los hijos, demuestra agresividad en lo que dice?

 

En primer lugar, guarde la calma. Puede que no suene fácil pero sólo quien guarda serenidad logra controlar y manejar las situaciones conflictivas.  Además debemos cuidarnos de no elevar el tono de voz y expresarnos en un volumen  que resulte conciliador a oídos del interlocutor, tal como lo recomienda el rey Salomón: “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego”(Proverbios 15:1, Nueva Versión Internacional)

 

A éste hecho sume otro igualmente importante: procure no capitalizar los errores de las demás personas. Hay quienes aprovechan  cualquier error para sacar el As debajo de la manga y poner sobre la palestra los fracasos pasados del interlocutor.

 

Actuar así revela lo que hay en el corazón nuestro, y hace evidente que no tenemos amor auténtico por el prójimo ni tampoco una actitud de perdón. Es un imperativo que desechemos el enojo, el rencor, la amargura, el resentimiento y el deseo de venganza.

 

Reconocer que también fallamos

 

No somos infalibles. También fallamos. Debemos reconocerlo. Erramos de una u otra manera. Y producto de tales yerros, causamos heridas a los seres queridos con lo que decimos. Sobre esta base es necesario reconocer cuando hemos incurrido en errores y aplicar correctivos para no reincidir en el mismo comportamiento.

 

Es probable que con nuestras palabras hayamos provocado profundas heridas. Pues bien, en adelante, y como si se tratara de cheques que giramos y de los cuales nos cuidamos para que no se produzca un derroche, usted debe comprometerse a medir el alcance de cada palabra. Sea muy cuidadoso. Corrija con ayuda de Dios las fallas del pasado, teniendo siempre presente que con las palabras edificamos o destruimos (Cf. Proverbios 18.21)

 

Al admitir que también solemos errar, y disponernos a cambiar, demostramos consideración, valoración y amor auténtico a nuestra pareja, a la familia en su conjunto y a las personas con las que interactuamos diariamente.

 

Una forma de ganar el terreno que perdimos por no hablar apropiadamente y decir lo primero que se nos venía a la mente, hiriendo a aquellas personas con las que interactuamos, estriba en medir el tono de voz al expresarnos y los gestos que utilizamos, así como manifestar palabras de ánimo, que edifiquen y estimulen, que construyan puentes propicios para conversar y cimentar amor y aprecio sinceros.

 

Si tiene alguna inquietud no dude en escribirme a fernandoalexis@aol.es o si lo prefiere, puede contactarme al (0057) 317-4913705.

 

© Fernando Alexis Jiménez

Por Fernando Alexis Jiménez
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Martes 24 noviembre 2009 2 24 /11 /2009 00:47

Si tu economía va en picada ¡debes hacer algo hoy!

Fernando Alexis Jiménez

Cuando hurgó sus bolsillos—primero con curiosidad y luego con desesperación--, Roberto descubrió que apenas tenía unas monedas, y luego se dirigió, febril, hacia el interior de su billetera en la que únicamente encontró los documentos de identidad y unas cuantas tarjetas de presentación. "Dios mío, otra vez me quedé sin dinero", murmuró.

Llevaba varios meses en la misma situación. Un ciclo que parecía interminable. Su fuerza de voluntad se mantenía firme en un trayecto no mayor de doscientos metros: desde que salía del banco, después de cobrar su quincena, hasta que pasaba frente a la vitrina de un almacén, una librería, un restaurante o una venta de "saldos". Obtenía cosas que no necesitaba, simplemente porque tenían un rótulo de colores que decía: "Rebajas". Muchas veces se encontró echando la basura aquello que cuatro meses antes parecía novedoso y que descubrió, no tenía mucha utilidad en su hogar.

El común denominador era que, pasados dos días—a lo sumo-- después de recibir su salario quincenal, se quedaba sin un peso y luego se veía asimismo frente al calendario de pared que fijó en su oficina, auscultando qué día era y deseando en lo más profundo de su ser, que llegaran el 15 o el 30.

"Jamás podré salir de esta crisis", se repitió mientas sacaba, furtivamente, como si alguien estuviera mirándolo y estuviera a las puertas de asestarle un regaño, la tarjeta de crédito para realizar un avance de dinero y cubrir lo que le faltaba.

¿Qué plantea la ciencia?

Al referirse a los fenómenos de los compradores compulsivos, aún a costa de que su inclinación les lleve a endeudarse para después lamentarse por las decisiones erradas, los científicos aseguran que es un comportamiento con origen en las hormonas. Sicólogos de la Universidad de Hertfordshire, en Inglaterra, descubrieron que muchas personas—especialmente mujeres—compran y compran, dando rienda suelta a un deseo que consideran irrefrenable, para después sentirse culpables de lo que hicieron.

Por ejemplo, las conclusiones del análisis realizado entre 443 mujeres con edades que oscilan de los 18 a 50 años para identificar sus hábitos de compras y que fueron presentadas en la conferencia de la Sociedad Sicológica Británica, revela que cerca del 65% admitieron haber gastado compulsivamente cuando atravesaban las últimas etapas de su ciclo menstrual. El 55% dijeron haber gastado alrededor de 40 dólares, y un número reducido aunque no menos significativo, reconocieron que dispararon sus adquisiciones y deudas en más de 350 dólares.

Los investigadores señalaron que el comportamiento se da diez días antes de la menstruación en las mujeres y durante el período. "Es algo hormonal—dijo la profesora Karen Pince, de la Universidad de Hertfordshire, en nota que publicó la BBC --. Durante el ciclo experimentamos aumentos repentinos y fluctuaciones en las hormonas que afectan la parte del cerebro vinculada a las emociones y al control inhibitorio".

En el caso de los hombres la compulsión por comprar, aunque se endeuden hasta más no poder, se produce por vacíos internos e incluso complejos, que buscan llenar y superar a partir de la sensación de "tener". A este hecho se suma la influencia de la sociedad de consumo que "valora" a alguien por el celular que usa, el traje que viste o el auto en el que se moviliza. De ahí que muchos caballeros parecen desplazarse en una pista sin fin en la carrera por endeudarse para ganar cierto estatus.

Mida las consecuencias de lo que hace

Un pasaje revelador acerca de los enormes perjuicios de endeudarse, lo hallamos en el segundo libro de Reyes, capítulo 4, cuando la viuda de un siervo de Dios quien se había endeudado pero falleció, acude a Eliseo en procura de ayuda. Una situación compleja. Estaban en peligro los hijos de aquella mujer a quienes los acreedores querían llevarse como prenda de pago.

El siervo de Dios le mandó traer vasijas y con un poco de aceite se llenaron. Sólo cesó cuando terminaron las vasijas. "La mujer fue y se lo contó al hombre de Dios, quien le mandó: «Ahora ve a vender el aceite, y paga tus deudas. Con el dinero que te sobre, podrán vivir tú y tus hijos.»"(2 Reyes 4:7, Nueva Versión Internacional)

Endeudarnos, sin necesidad, acarrea consecuencias. Es algo que deberíamos pensar cuando sacamos la tarjeta de crédito. No es aconsejable gastar y gastar. Es una fuerza superior, que trata de gobernar nuestra siquis, y que vencemos no en nuestras fuerzas sino en las de Dios.

Otra consideración que le invito a atesorar en su corazón: no sea "manos rotas", es decir, de aquellos que gastan y gastan sin pensar en el mañana. Quien obra de esta manera, temprano o tarde terminará en problemas. La Biblia nos sugiere dos cosas: evaluar en qué invertimos cada peso y, comprometernos a pagar las deudas que asumimos: "Unos dan a manos llenas, y reciben más de lo que dan; otros ni sus deudas pagan, y acaban en la miseria."(Proverbios 11:24, Nueva Versión Internacional)

¡No se deje arrastrar por los deseos del corazón, que al fin y al cabo son engañosos, cuando se trata de comprar! Pero algo más, un tercer principio que debe valorar enormemente: no salga de fiador por nadie. No es algo caprichoso, Dios mismo lo recomendó a Su pueblo: "No te comprometas por otros ni salgas fiador de deudas ajenas…"( Proverbios 22:26, Nueva Versión Internacional)

Quien se pone en la brecha por los demás, aún siendo irresponsable con sus propios compromisos, terminará con serios problemas. Lo mejor, hoy y siempre, es someter a Dios todos nuestros proyectos, entre ellos por supuesto, el de las compras.

Nuestra responsabilidad: el punto de equilibrio

Confieso que conozco poco de temas financieros. Recuerde que estudie periodismo y, de otra parte, la carrera profesional de teología. Nada de números. Pero a raíz del manejo económico en la iglesia y tras consultar una y otra vez a la Contadora de la congregación, me insistía en algo que ya no es algo nuevo en mi presupuesto mental: el punto de equilibrio. Ese estado en el que los gastos están acompasados con lo que entra. No excederse a uno u otro margen.

Igual debe ocurrir con nuestras finanzas personales. No debemos endeudarnos sin necesidad. Vivir con lo que tenemos y si Dios da más, a Él la gloria, aprender a administrar bien cada peso. Las deudas no son aconsejables, como escribió el apóstol Pablo: "No tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros. De hecho, quien ama al prójimo ha cumplido la ley. "(Romanos 13:8, Nueva Versión Internacional)

Lo aconsejable en todos los casos, es invertir con el dinero que tenemos sin acudir a las deudas. Dios es nuestro proveedor y nos abrirá las puertas cuando queramos comprar algo. Las Escrituras enseñan que si somos fieles, Él colmará los deseos de nuestro corazón (Salmo 37:4)

Es necesario romper el ciclo

Las deudas son una atadura. Al menos aquellas en las que nos vemos inmersos, no tanto porque requiramos comprar algo, sino por ese afán, casi de avaricia, de tener más y más. Un ejemplo es la situación de bonanza que se produjo hace pocos años en los Estados Unidos y que llevó a disparar las líneas de crédito. Todos compraron de todo. Ahora, en medio de la recesión que azota el mundo, se encuentran al borde del desespero.

Precisamente hace pocos días escuchaba de personas, otrora adineradas, que abandonaban sus propiedades en diferentes ciudades y dejaban los yates a la deriva porque no tenían cómo pagar su mantenimiento.

El primer y más grande paso para salir de las deudas es entender que constituyen una atadura. Dios es nuestro proveedor. Él lo dijo muy claro a través del rey Salomón: "La bendición del Señor trae riquezas, y nada se gana con preocuparse." (Proverbios 10:22, Nueva Versión Internacional) Nos transmite una enseñanza sumamente valiosa: Si queremos algo, el Señor mismo nos lo dará, pero a su tiempo, y no nos traerá tristeza.

Hay tres recomendaciones que comparto con usted: La primera, saque primero el dinero de sus gastos fijos y sólo deje la cantidad, aunque sea mínima, de lo que puede invertir en "aquello que lo tienta". Guárdela en un sitio especial. Será su baúl de gastos innecesarios. La segunda, trate de evitar esos sitios en los que siente que invariablemente sabe que gastará en lo que no necesita, y la tercera, si se enamoró de algún objeto y piensa que "debe tenerlo", dese al menos dos o tres días antes de oficializar la compra. Puedo asegurarle que "la fiebre" pasará y terminará no adquiriendo aquello que consideraba muy necesario.

Pero, en medio de todo, siempre vuelva su mirada al Señor Jesucristo y pídale la fortaleza necesaria para vencer. Recuerde que lo ideal es que todo cuando compremos, sea en dinero contante y sonante, sin acudir a créditos. ¡Con ayuda de Dios podrá lograrlo!

© Fernando Alexis Jiménez – Contacto (057)317-4913705
Email:
fernandoalexis@aol.es

Por Fernando Alexis Jiménez
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