Sanidad Interior a través del Perdón (Parte I)

 

Cuando guardamos rencor en el corazón, nos destruimos, atraemos maldición y perdemos la perspectiva de gozo y plenitud que desea Dios para nuestras vidas…

 

Fernando Alexis Jiménez

Cuando amigos y conocidos se refieren a Ricardo José, lo hacen en los mejores términos, rememoran su amabilidad, disposición de ayudar a quien lo necesita; la sonrisa afable que le caracteriza, y el ser un buen hijo. Pero sus sueños de estudiar ingeniería y la condición de joven emprendedor, estuvieron a punto de romperse un sábado cualquiera, pasadas las nueve de la noche, cuando al regresar a casa el muchacho fue atacado con tres disparos de revólver.

 

… Por varias horas libró una batalla sin cuartel entre la vida y la muerte.

 

Todos en el barrio supieron quien protagonizó el atentado criminal. Lo vieron correr callejón arriba. A la luz de una lámpara, lo identificaron. Justo cuando huía. Y lo reconocieron también a la mañana siguiente cuando salía rumbo a su trabajo como agente de seguridad.

 

Nadie supo cuáles fueron sus razones para actuar así. Pero guardaron silencio, salvo la decisión de no volver a saludarle, como forma de expresar su rechazo.

 

Pasados los tiempos difíciles, cuando Ricardo José daba los primeros pasos ayudado con unas muletas, Olga Lucía –su madre—esperó al criminal a la hora que solía regresar.

 

Siempre a las seis de la tarde. Se miraron sin decir palabras. El hombre intentó eludirla. Ella se interpuso rápidamente en su camino.

 

            --Se que usted fue quien intentó matar a mi hijo...—le dijo.

            --No se de qué me habla...—se defendió.

            --Sí, usted sabe de qué le estoy hablando, porque usted fue. Todos lo vieron, pero no vengo a acusarlo. Despreocúpese. Vengo a decirle lo que le habría dicho así mi hijo no estuviera a salvo: Que lo perdono. No se por qué lo hizo, pero igual, lo perdono. Y se que mi hijo también...—enfatizó la mujer.

 

Acto seguido, se alejó. El hombre se quedó en la mitad de la acera, duramente golpeado por el peso de su conciencia. No sabía qué decir ni qué hacer...

 

Frente a circunstancias así, lo más frecuente es dejarse arrastrar por el rencor y el resentimiento. La falta de perdón toma fuerza y las consecuencias son devastadoras, en lo personal pero también en lo espiritual. Se afecta nuestra relación con Dios y con quienes nos rodean.

 

Olga Lucía experimentó esta situación pero decidió liberarse. Lo hizo en una forma inusual. Perdonó a quien le  causó el daño. Pudo recurrir a la venganza –muchos lo habrían hecho—pero sabía que no era el camino indicado. Por el contrario, habría agravado el asunto.

 

La fuerza del perdón...

 

Guardar rencor hacia quien nos ofendió se convierte en una carga difícil de soportar. Conforme pasa el tiempo, se torna más pesada. Nos roba la paz. Lleva a que nuestras acciones y pensamientos estén volcados hacia el ofensor. El resentimiento toma forma. Se convierte en una sombra que nos sigue a todas partes.

 

Amigos sicólogos a quienes consultamos, coincidieron en señalar que la falta de perdón hiere a quien la experimenta, pero también, a la persona que no es perdonada. Causa daño a todos. Lo grave del asunto es que sus consecuencias son devastadoras. Llevan a un estancamiento persistente en el proceso de crecimiento personal y espiritual y se convierte en foco de contagio a otros, de amargura, tristeza y dolor.

 

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La falta de perdón nos destruye

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Las relaciones interpersonales suelen tornarse difíciles y poco satisfactorias. Hay falta de confianza, una inclinación a criticar y rechazar lo que hacen los demás bajo el presupuesto de que si “alguien mi hizo daño, es probable que esta nueva persona me lo provoque también”.

 

Incluso, se puede llegar a enfrentar una tendencia a las enfermedades, producto de la falta de perdón. No sanar esas heridas, genera tristeza, angustia, impotencia frente al dolor que se siente por haber sido herido emocionalmente y desesperanza.

 

Cuando no perdonamos a quien nos causa daño, bien sea el cónyuge, un familiar o personas con las que interactuamos de manera permanente o eventual, se producen efectos a nivel espiritual ya que albergar odio hacia los demás pone una enorme barrera para que experimentemos a plenitud el amor de Dios (Cf. Mateo 5:43-48) Incluso, en las Escrituras aprendemos que nuestras oraciones y servicio al Señor se ven afectados por el hecho de no perdonar (Cf. Marcos 11:25, 26)

 

Igualmente a nivel físico dado que la falta de perdón engendra odio, venganza, resentimiento y tristeza, las que se convierten en una red que envuelve nuestra vida emotiva. Ese estado desencadena tensión en nuestro sistema nervioso que influye en el funcionamiento de nuestro organismo.

 

¿Cuántas personas no piden oración por su sanidad y, aunque lo hacen con fe, giran alrededor de la misma situación? Su sanidad sólo se produce cuando perdonan.

 

Una ofensa se extiende a muchos otros...culpabilidad-copia-1.jpg

 

Imaginamos que usted –como nos ha ocurrido muchas veces—se dejó arrastrar por el deseo de tirar una piedra en el centro mismo de un río tranquilo.

 

¿Lo hizo quizá en la adolescencia?¿Recuerda qué ocurrió? La piedra cayó, pero además, el impacto generó ondas a su alrededor que se extendieron progresivamente.

 

Igual ocurre con una ofensa. Alcanza no sólo a quien la recibe, sino a quienes se encuentran a su alrededor. ¿Ha visto familias enteras que no tienen trato con otras justo porque uno de sus integrantes alguna vez recibió una ofensa?

 

El apóstol Pablo enfrentó una situación similar. Pese a sus desvelos por ayudar al prójimo y predicar la Palabra de Dios, alguien en particular se empeñaba en tornarle la vida imposible. 

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Perdonar a quien nos hizo daño, nos

hace libres

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Lo difamaba. Desconocía su autoridad. Cuestionaba su ministerio. ¿Qué hizo Pablo?¿Cuál fue su reacción?¿Qué camino tomó? Las respuestas a este y otros interrogantes, las hallamos en la segunda carta a los Corintios, capítulo dos, versículos del cinco al once. A partir de ese texto, podemos aprender varios principios de vida cristiana práctica.

 

Sobre el particular, Pablo escribió: “Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mi solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros”(2 Corintios 2:5).

 

Esa línea, breve pero contundente, nos debe llevar a reflexionar, de entrada, en el hecho de que no perdonar nos afecta pero también a la persona que nos ofendió e incluso, a quienes nos rodean.

 

¿Quién dijo que perdonar era fácil?

 

Perdonar no es fácil. Es algo en lo que nos identificamos todos. Nunca lo ha sido y, de seguro, no lo será.  Pero es el camino más rápido para librarnos de la pesada carga que nos genera.

 

Frente a la ofensa que recibió Pablo, sus seguidores tomaron justicia por su mano. Y el apóstol les exhortó diciendo: Le basta a tal persona (el causante de la ofensa) esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él”(2 Corintios 2:6-8).

 

Lo más posible en una persona común es que estuviera pensando en cómo vengarse. Pero Pablo les reconviene no solo a perdonarle sino a expresarle el amor de Cristo.

 

¿Rompe sus esquemas? Por supuesto que si ¿Siente que se le mueve el piso? Naturalmente. ¿La razón? A usted y a mi nos prepararon para aplicar la ley del Talión:”Ojo por ojo, diente por diente”.

 

Sin embargo. De acuerdo con el Evangelio, el perdón es una de las principales características del cristiano. Si usted profesa ser creyente, debe asumir esta pauta de vida práctica. Es ineludible.

 

Es común que digamos a alguien que nos ofendió: “Te perdono” y seguir albergando resentimiento en nuestro corazón. Es un perdón sólo de palabra. Pero la advertencia del apóstol Pablo es que debemos hacerlo delante de Dios, sin lugar a ningún revés. El dice: “... si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo”(versículo 10 b).

 

Es tanto como tener a mano una escritura de hipoteca de la propiedad de alguien. Esa vendría a ser la ofensa que recibimos y los sentimientos que despierta en nuestro ser.

 

Al optar por el perdón, la decisión es romper la hipoteca. No tenemos ya derecho a volver sobre el pasado. Perdonar es arrojar al fondo del mar lo que teníamos contra alguien.

 

El enorme valor del perdón

 

Cuando recibió la lluvia de golpes que se precipitaban sobre su cuerpo de todas partes y de todas las personas alrededor, a quienes en ese momento de angustia no podía definir por rostros específicos sino como una masa informe y torrencial que tenía en peligro su vida, lo único que atinó a decir fue: “Ayúdame, Dios mío. No me dejes morir”.

 

La contundencia de la agresión le tuvo bastante grave por varias horas. Los pasillos blancos, largos y angostos del hospital, impregnados del olor a fármacos y alcohol, fueron mudos testigos del dolor y tristeza de su madre que oraba a Dios en procura de que no lo dejara morir, y del ir y venir de su padre, de un lugar a otro, como un escape a la desesperación que lo embargaba.

 

Durante el tiempo que estuvo inconsciente ocurrieron varias cosas. La más significativa después del desespero de sus familiares, fue la cascada de informaciones de radio, prensa y televisión, que daban cuenta sobre el trágico incidente al término de un partido de fútbol.

 

Los hincas del equipo contrario se le fueron encima, para agredirlo, porque estaba solo. De haber estado acompañado, aquella habría sido una batalla campal y sangrienta.

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Es tiempo de reflexionar si

todavía guardamos rencor

hacia alguien

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Una vez recobró la conciencia, murmuró que estaba muy bien. “Deseo vivir”, explicó. Después de los prolongados silencios en que se sumió durante el período de recuperación, dijo como en una sentencia que todos sintieron como ejemplarizante: “Perdono a mis agresores. Ellos como yo tienen derecho a vivir.”

 

Ya está restablecido. Va de nuevo al fútbol y cursa primer semestre de una carrera universitaria. El incidente le enseñó una gran lección: la importancia de perdonar.

 

Con los seres humanos ocurre algo curioso. Si fallamos, esperamos la comprensión, tolerancia e incluso, el perdón de los demás. Sin embargo cuando son los demás los que fallaron, nos tornamos inflexibles y consideramos “imperdonable” la afrenta de la que hemos sido víctimas.

 

La medida debe ser inversa. Si esperamos perdón, debemos perdonar. Si anhelamos comprensión, debemos comprender. Si aspiramos un mundo donde haya tolerancia, usted y yo debemos ser tolerantes.

 

El Señor Jesús instruyó a sus discípulos: “Así que traten a los demás como les gustaría que los traten a ustedes. Ese es el verdadero significado de la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas.”(Mateo 7:12, La Palabra de Dios para todos).

 

La determinación de perdonar o no, es personal. Nadie puede decidir por usted. Ahora, si nos movemos por los patrones que prevalecen alrededor, seguramente nos dejaremos influenciar por la filosofía egoísta que dice: “Perdono, pero no olvido”.

 

No obstante y aun cuando nos resulte difícil de aceptar, la única salida está en perdonar y olvidar. Una acción ligada a otra, no en nuestras fuerzas sino con ayuda del Señor Jesucristo.

 

Perdonados para perdonar

 

Es común encontrarnos con personas que se encuentran encarceladas por la falta de perdón. Se sienten atormentados con el pasado. En tales casos resulta edificante e inspirador llevar a que imagine que entra a la oficina celestial.

 

El Señor Jesús levanta sus ojos por encima de los anteojos. Sonríe y con un gesto amable, le invita a sentarse, frente a su escrito.

 

--Dime, ¿qué te trae por acá?—le dice mientras sigue organizando papeles arrumados.

--Señor Jesús... —le explica usted--: Vengo porque hace algún tiempo robé en la empresa donde trabajo...—

--Ajá... y ¿qué más?—le interroga de nuevo.

--Señor Jesús, pues que una y otra vez esos recuerdos vienen a mi mente y no me dejan vivir en paz

--Déjame buscar ese pecado—responde el Maestro mientras se dirige al computador.—Dame tu nombre completo...—teclea, y de nuevo pregunta—Tus apellidos...—después de las respuestas, escribe de nuevo. Guarda silencio por segundos que a usted le parecen eternos--. Mira, no hallo nada contra ti. Según los archivos, con mi muerte en la cruz ya no tienes pecados y menos ese que mencionas... --.

--Señor Jesús pero me siento culpable de haber robado—interviene usted reflejando angustia en el rostro.

--Déjame explicarlo ¿Tu robaste antes o después de permitirme que entrara en tu corazón?—pregunta.

 

--Antes de aceptarte en mi vida, por supuesto—responde usted a lo que Jesús, mirándolo con una sonrisa amplia le dice:

--Ahí está la explicación. Tus pecados fueron borrados. No existen y, por mucho que quisiera, no puedo guardarlos en el archivo porque ya fueron perdonados--.

Usted sale de la oficina celestial, se vuelve a Jesucristo y le dice:--Gracias...—

--No te preocupes, simplemente vete y no peques más... —le responde.

 

Esa es la descripción más sencilla y gráfica que tengo del milagro que Jesucristo obró en su vida.

 

En el evangelio leemos que “...Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo:--Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”(Marcos 15:37-39).

 

En aquel instante de suma trascendencia para la historia del hombre, el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo, donde estaba la presencia misma de Dios en el templo, se rasgó. El sacrificio del Señor hizo posible que usted y yo recibiéramos el perdón por todos nuestros pecados, que nos separaban de la presencia del Señor.  Ahora podamos ir ante la presencia misma del Creador para hablar con El en oración y recibir perdón por nuestros pecados.

 

Y ¿qué pasó con lo que hicimos ayer? Quedó en el ayer, sepultado, en el olvido.

 

El apóstol Pablo lo explicó en términos sencillos en una carta dirigida a los creyentes de Colosas: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz...”(Colosenses 2:13, 14).

 

Si en contra nuestra había un cúmulo de acusaciones por todos los errores cometidos—y permítanos enfatizar: por todos los errores cometidos, cualesquiera que hayan sido--, la sangre de Cristo nuestro amado Salvador, dejó en blanco el sumario de pecados.

 

Frente a nosotros se abren las páginas en blanco de los nuevos capítulos que debemos escribir en los años de vida que tenemos delante.  Igual, quien nos ofendió, por grande que haya sido el daño, recibe el perdón de Dios si se lo pide y nosotros mal hacemos en guardar ese resentimiento. Es como llevar una pesada carga en nuestras espaldas.

 

Si tiene alguna inquietud, por favor, escríbanos a pastorfernandoalexis@hotmail.com o llámenos al (0057)317-4913705.

 

© Fernando Alexis Jiménez

 

 

NOTA IMPORTANTE: Espere mañana la segunda parte de este Estudio Bíblico sobre Sanidad Interior. No olvide escuchar VIDA DE ÉXITO a las 4.00 pm, hora de Colombia. Recuérdelo, es a través de www.triunfandostereo.org Síganos en http://estudiosbiblicos.jimdo.com y www.guerraespiritual.org  

 

Por Fernando Alexis Jiménez
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Wednesday 2 november 2011 3 02 /11 /Nov /2011 15:37

Siete claves para evitar monotonía en el matrimonio

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

Lo dijo con sinceridad. Midiendo cada término como si rebuscara las palabras en el fondo de un extraño y a la vez prodigioso baúl en donde cada una cobrara un significado especial al cruzar el umbral de sus labios. Como si se tratara de un escritor travieso y juguetón perdido en un jardín infinito de frases, sin puntos ni comas, que se pierde en el horizonte.

 

--Amo a mi esposa, y no quiero perderla. Si tan solo me diera una nueva oportunidad, la aprovecharía al máximo. No perdería ni un solo minuto sin estar a su lado.—dijo con esa extraña mezcla de tristeza y amargura que nace en lo más profundo del corazón de quienes han perdido toda luz de esperanza.

 

--La amo… La amo..—repitió con vehemencia--; pero ella no quiere saber nada de mi…--

 

Dos semanas atrás su esposa se había ido de casa.  Un lunes, aprovechando que él se encontraba en la estación de gasolina donde trabajaba, “Me cansé de nuestra relación. Fueron casi treinta años de monotonía a tu lado y no soporto más, No tenemos hijos pequeños; ya se crecieron, son hechos y derechos, y definieron su vida. Ahora quiero vivir”, decía la carta que dejó sobre la mesita de noche, en la alcoba que fuera de los dos, ancha y fría. Él no sabía a ciencia cierta cuál era su paradero.

 

Desde que estaba solo, no podía dormir, y si lograba conciliar el sueño, despertaba con desasosiego para comprobar que Raquel no estaba a su lado, como hasta ahora lo había estado, por mucho tiempo.

 

El aburrimiento en el hogar

 

parejaenojo_415557889.jpgUno de los peores enemigos del matrimonio es la monotonía. Toma fuerza con el paso del tiempo. Primero como un brote que asoma perezoso—y que generalmente no percibimos a tiempo—para convertirse en un árbol frondoso que destruye todo a su paso.

 

¿Ha experimentado este fenómeno que golpea tantos hogares y ha destruido tantas parejas? Si es así, es hora de ponerse alerta. No permita que siga extendiendo sus tentáculos porque luego puede ser muy tarde. Hoy es una buena ocasión para comenzar a hacer algo. ¡No todo está perdido!

 

Hace varios años aconsejé a Claudia y James. Estaban a las puertas del divorcio y consideraban inútil todo esfuerzo. A mi recomendación de que le dieran el primer lugar en el matrimonio al Señor Jesucristo, abrieron sus ojos como si acabaran de escuchar un despropósito. “No servirá de nada”, dijeron los dos. Él se encogió de hombros  tan solo para llevarle la contraria a ella; sin embargo comprobaron que Dios es real.

 

Si Jesucristo reina en el matrimonio…

 

Recuerdo una ceremonia de matrimonio que me pidieron oficiar para dos líderes muy amados de la congregación. La ocasión fue propicia para referirles sobre un pasaje, sobre el cual dicté también una conferencia en una reciente cena de matrimonios.

 

Se encuentra en el Salmo 127, versículo 1: Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles. Si el SEÑOR no cuida la ciudad, en vano hacen guarda los vigilantes”(Nueva versión Internacional)

 

Las estrategias humanas ejercen influencia pero no transformación y mantienen vivo el amor al interior de la pareja. No desestimo la consejería ni las terapias, por el contrario, valoro su aporte.  No obstante quien  puede ayudar a salvar su matrimonio, si usted le otorga el primer lugar en su existencia al Señor Jesucristo.

 

La preocupación de Rodolfo por salvar su relación con Rocío terminaba en frustración cada vez, hasta que ella un día le dijo con franqueza: “No quiero volver a hablar contigo. No perdamos más tiempo”, le dijo con rabia en su voz.

 

Solo entonces comprobó aquello sobre lo cual escribió el rey David: “En vano madrugan ustedes, y se acuestan muy tarde, para comer pan de fatigas, porque Dios concede sueño a sus amados”(Salmo 127:2, Nueva Versión Internacional)

 

¿A quién perjudicamos?

 

Cuando el matrimonio  está en crisis, los principales perjudicados  son nuestros hijos. No es justo, pero ocurre y las secuelas de una separación les marcan a ellos para siempre.

 

La Biblia es muy clara al señalar que ellos representan un tesoro para nuestras vidas y merecen el cuidado que podamos prodigarles.  De ahí que la separación no es el camino más aconsejable: “Los hijos son una herencia del SEÑOR; sus frutos del vientre son una recompensa. Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esa clase de flechas. Cuando litiguen con ellos en los tribunales”(Salmo 127:3-5, Nueva Versión Internacional)

 

El poder de la oración en el matrimonio

 

Soy un convencido de que la oración desencadena el poder de Dios. Lo libera a favor nuestro. Es  algo real y maravilloso. Por eso insisto en recomendarle que si el matrimonio suyo se encuentra en crisis, se vuelva a Dios en oración, con perseverancia.

 

La Biblia nos enseña: “Por eso los fieles te invocarán en momentos de angustia;  caudalosas  aguas podrán desbordarse, pero a ellos no los alcanzarán”(Salmo 32:6, Nueva Versión Internacional)

 

Tratar de salvar el matrimonio en sus fuerzas le llevará al límite del desgaste, como escribe el rey David: “No se salva el rey por sus muchos soldados, ni por su mucha fuerza se libra el valiente. Esperamos confiados en el SEÑOR; Él es nuestro socorro y nuestro escudero”(Salmo 33:17, 20. Nueva Versión Internacional)

 

Tenga presente siempre que Dios es quien transforma los corazones. Usted y yo no podemos hacerlo, pero el Señor sí porque modifica la forma de pensar y de actuar de los seres humanos., especialmente entre quienes abren su corazón a Jesucristo.  Por supuesto, debe ser un proceso de doble vía: si espero el cambio de mi cónyuge, yo también  debo cambiar.

 

Unos consejos finales

 

En mi agenda, la que cargo a mano porque antes que un computador portátil o cualquier otro elemento de ese tipo, todos mis artículos y estudios los escribo a mano, tengo un apunte que comparto con usted a propósito de evitar la monotonía en el hogar. Es el producto de un estudio que desarrolló una firma británica que trabaja concertando citas para futuras matrimonios.

 

Relacionan lo que llaman siete consejos claves:

 

1.- Compartir un hobbie juntos, desde el mismo noviazgo y hasta la concreción del matrimonio, que les mantenga ligados el tiempo libre.

2.- Que tengan un noviazgo largo con el tiempo suficiente para conocerse el uno a otro.

3.- Esperar por lo menos dos años antes de traer el primer hijo a la vida. Es un período de conocimiento mutuo y madurez.

4.- Prodigarse los dos, por lo menos tres abrazos por día.

5.- Decirse un TE AMO al menos una vez cada veinticuatro horas.

6.- Pasar mínimo tres noches abrazados por cada mes.

7.- Planear al menos dos fines de semana juntos, alejados de hijos y compromisos laborales.

 

Pero recuerde que por encima de todo consejo, el más importante es que le de cabida al Señor Jesucristo en el matrimonio. Cuando Él reina en la familia, y no tomamos ninguna decisión sin antes consultársela a Él en oración, tenemos asegurada la victoria.

 

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Por Fernando Alexis Jiménez
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Tuesday 13 september 2011 2 13 /09 /Set /2011 18:04

¡Hoy es el comienzo de una nueva vida!

 

Fernando Alexis Jiménez

 

A José Roberto lo detuvieron por ignorancia. Una mañana soleada. Una brisa fresca proveniente de una playa cercana bañaba su rostro. “Será un día maravilloso”, se repitió sonriendo al despertar. Ansiaba estar junto a las olas. Quería disfrutar al máximo cada instante de sus vacaciones. Pero lo detuvieron. “Ha cometido una infracción”, le anunció el guarda, al tiempo que le pedía su identificación. Para colmo de males, había dejado el Pasaporte en el hotel. Y así lo repitió una y otra vez en la delegación policial.

 

--Lo sentimos, señor…¿me recuerda su nombre, por favor?—le inquirió el oficial, frunciendo el ceño.

 

--José Roberto…—dijo él, expectante.

 

--Bien, señor José Roberto. En nuestro país usted no puede cruzar el semáforo cuando esté en rojo…--explicó, al tiempo que buscaba en un Manual de Legislación de Tránsito.—Incluso, da lugar a una sanción económica---

 

--Pero no venía ningún auto. En mi país es permitido…--

 

--Tiene razón, señor José… José Roberto—le dijo, señalando un Código--. Es su nación no hay problema si lo hace, pero en esta república está prohibido…--

 

--Pero no lo sabía….—se defendió el joven turista.

 

--No saber las leyes acá no lo exime de la sanción. La secretaria le extenderá el comparendo cívico--, y le indicó con la mano hacia dónde debía dirigirse para recibir la multa.

 

Sobra decir que aquel día se tornó sombrío. Hubiese deseado regresar a Colombia en el primer avión de ruta, pero ¡todavía quedaban doce días de vacaciones!contenta.jpg

 

Las leyes son para cumplirlas

 

Un territorio, además de extensión geográfica y densidad poblacional, está estrechamente relacionado con unas leyes que son de carácter ineludible. Se establecen con el propósito de ejercer control y guardar equilibrio en el gobierno. Son principios de obligatorio cumplimiento, más cuando tienen fuerza de Constitución Política de una Nación. Es claro, ¿verdad?

 

Igual ocurre en el reino de Dios. Tiene unas pautas que se deben atender. Pero como en un gobierno terrenal, el cumplimiento de tales directrices nos aseguran tranquilidad y posibilidades de realización en todos los órdenes, en la dimensión espiritual atender las leyes nos llevan al éxito en el proceso de crecimiento personal y espiritual.

 

Ahora bien, el hecho de que desconozcamos tales principios, por ignorancia o deliberadamente, no nos exime de las consecuencias en las que incurrimos al transgredirlos. Ocurre en todos los países y también el reino de Dios.

 

En cierta ocasión el Señor Jesucristo le dijo a sus discípulos: “—Como ustedes saben, los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás; así como el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”(Mateo 20:25-28, Nueva Versión Internacional)

 

Aquellas palabras, sencillas y profundas, rompieron todos los esquemas. No las esperaban. Los aterrizó. Les permitió entender que el reino de Dios tiene unas leyes infalibles del éxito.

 

El hecho de que todo el mundo alrededor se mueva alrededor de unos principios e incluso, que por fuerza de la tradición haya dado validez a su existencia, no significa que ocurre igual con quienes esperamos la realización plena de nuestra existencia. Si anhelamos el cambio y el subsecuente crecimiento, debemos guiarnos bajo unos parámetros claros que están trazados en ese libro maravilloso que se llama Biblia.

 

Las leyes del éxito: aprenderlas, comprenderlas y aplicarlas

 

¿Qué es el éxito? El significado depende de la cosmovisión de cada quien. Para algunos será la consecución de dinero; para otros, tener fama, y mujeres hermosas alrededor. Es posible que unos cuantos consideren que éxito es escalar en posiciones de trabajo y hay quien dirá que es graduarse en una carrera profesional y ejercer por años en una empresa, gozando de estabilidad laboral y económica.

 

Para quienes profesamos fe en Jesucristo, éxito está asociado con la realización personal y una vida plena. En otras palabras crecimiento en dos dimensiones trascendentales: la personal y espiritual. Crecer en la relación con nosotros y los demás, y en nuestra relación con Dios, el Supremo Hacedor.

 

¿Cómo lograrlo? Aplicando dos principios: fidelidad y perseverancia. Solo quienes se mueven bajo tales parámetros, logran avanzar.

 

El Señor Jesucristo lo explicó en términos sencillos cuando dijo a sus discípulos, y también a nosotros hoy: Les aseguro que entre los mortales no se ha levantado nadie más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.  Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos ha venido avanzando contra viento y marea, y los que se esfuerzan logran aferrarse a él, porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.”(Mateo 11:11-13, Nueva Versión Internacional)

 

Si tiene la disposición en el corazón y se toma de la mano del amado Salvador, podrá avanzar en el proceso de crecimiento hacia el éxito.

 

Recuérdelo siempre: fidelidad y perseverancia. Dos palabras claves. Las relaciono con la historia de un atleta keniano que por años compitió en la Maratón Internacional de mi amada ciudad: Santiago de Cali. Ganó muchas veces, cada año. Y cuando le preguntaron cuál era su secreto, sonriendo a la cámara de televisión dijo, con ayuda de su traductor: “Vengo de una aldea muy pobre y lejana. Allá esperan que gane. Y no vine desde tan lejos, cruzando el océano, para perder. Así llegara de último, llegaría a la meta”.

 

Esa respuesta, que guardo anotada en una libreta, expresa determinación, fundamentada en fidelidad y perseverancia. Fidelidad a nuestras metas y perseverancia para alcanzarlas, por encima de la adversidad. Y todo esto será posible si damos pasos firmes, no en nuestras fuerzas sino en las del Señor Jesucristo. Con su ayuda, alcanzaremos la victoria, el éxito que tanto soñamos…

 

Le invito para que iniciemos hoy un apasionante recorrido por las Leyes Infalibles del Éxito contenidas en el libro de los triunfadores, que es la Biblia. Son principios sencillos y prácticos. Están concebidos para que los desarrolle por espacio de un mes. Puedo asegurarle que al término de ese período, ¡Su vida será distinta! Y podrá decir: “Con el poder de Jesucristo estoy avanzando en el crecimiento personal y espiritual”.

 

Puedo asegurarle que inicia hoy una experiencia maravillosa e inolvidable que transformará su existencia

 

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Por Fernando Alexis Jiménez
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Tuesday 16 august 2011 2 16 /08 /Ago /2011 23:19

Un secreto para ser rica y abundantemente prosperado

 

Fernando Alexis Jiménez

 

Aun cuando mi esposa Lucero insiste en que no cuente pasajes de mi vida, no me resisto hoy—frente al computador—a compartirles algo anecdótico pero a la vez edificante. En cierta ocasión, quedé sin empleo. Con los pocos pesos que me quedaban en el bolsillo y ante la premura de sostener un hogar, decidí comprar un carro de refrescos. ¡Buena idea! Hacía un calor insoportable en nuestro pequeño pueblo.

 

Estaba feliz. Lucero no hacía sino verme contento, pero como siempre, guardaba prudente silencio.

 

Monté el negocito junto a una avenida transitada. Estaba convencido que sería un éxito. “Sin duda más de un conductor detendrá su vehículo para comprar refrescos”, razonaba.

 

Pero oh, sorpresa de sorpresas. ¡Justo cuando abrí el puesto de refrescos con hielo, comenzó a llover! Caía agua a cántaros.

 

aceptaciónTodo mi capital quedó reducido a un charco, sobre un costado de aparato en el que colocaba todos los elementos para las preparaciones.

 

Ese día comprendí que aunque los planes parezcan excelentes y en cierta medida tengamos todo cuidadosamente calculado, no todas las veces terminan en éxito…

 

¿Cómo tener éxito en nuestros planes?

 

Con mucha frecuencia, más de la que usted puede imaginar, me preguntan: “¿Cómo asegurar éxito en los proyectos que emprendemos?”. La respuesta debe circunscribirse a lo que dice la Biblia.

 

En ese orden de ideas, si queremos recibir ricas bendiciones del Señor es necesario que nos movamos conforme a Su voluntad: “Confía en el SEÑOR y haz el bien; entonces vivirás seguro en la tierra y prosperarás.”(Salmo 37:3, Nueva Traducción Viviente).

 

Le invito a considerar el hecho de que el texto plantea dos elementos fundamentales que tanto usted como yo debemos asimilar y poner en práctica: Confiar en Dios—dejando de lado todo viso de autosuficiencia o de afincarnos en nuestras propias capacidades--, y hacer el bien. En todo momento. Dos cimientos para que usted y yo seamos ricamente bendecidos.

 

No podemos anhelar prosperidad material y espiritual a menos que nos movamos en la voluntad de Dios y dejemos de hacer lo que queremos. Es esencial para recibir ricas bendiciones.

 

¿Cómo despedirme sin invitarlo a recibir a Cristo en su corazón? Es la mejor decisión que puede tomar. Puedo asegurarle que será ricamente bendecido…

 

Si tiene alguna inquietud, no dude en escribirnos a pastorfernandoalexis@hotmail.com.

 

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Por Fernando Alexis Jiménez
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Monday 25 july 2011 1 25 /07 /Jul /2011 17:10

Siete fundamentos de una oración poderosa

Fernando Alexis Jiménez


 

 

Laura se levantó con visibles señales de cansancio en su rostro. Era lunes. Otro día más de clamor. Llevaba casi una semana. Una hija suya estaba gravemente enferma en el hospital y ella compartía el tiempo entre cuidarla, y llegar a casa corriendo para hacer los quehaceres domésticos y doblar rodilla en clamor, pidiendo al Señor la sanidad de la chica.

 

Sólo tú puedes ayudarnos en un momento como éste”, solía repetir en medio de la desesperanza.

 

Muchas veces pensó que Dios no la escuchaba. A la puerta de su corazón quisieron llamar la desilusión, la duda y el desánimo. Sin embargo, más por el anhelo que su hija sanara más que por cualquier otra cosa, siguió perseverando.

 

Cinco días después fue dada de alta. Los médicos no explicaban la razón de su mejoría. “Esto no tiene razón aparente; es ilógico”, le dijo el especialista. Laura reconoció en su corazón que Dios había obrando un milagro.

 

Surge aquí una pregunta: ¿Escucha Dios nuestras oraciones?¿Por qué algunas personas parecieran recibir respuesta inmediata mientras que otras no?

 

Comparto con usted siete fundamentos que transformarán sus oraciones, en oraciones poderosas; comenzará a moverse en la dimensión de Dios. ¡Los resultados serán sorprendentes!

 

1. Estar a cuentas con Dios

 

Muchas personas buscan a Dios en procura de respuestas. “Normal, ¿quién no lo haría?”, dirá usted. El asunto es que esa búsqueda se realiza cuando lo necesitan, en los momentos difíciles, porque es su única alternativa. “Igual, es previsible”, me dirá. Pero añado algo más: procuran un hecho milagroso aún cuando caminan en pecado. ¡Esa es la diferencia! Buscar a Dios como aquél que nos resuelve los problemas, pero una vez resolvemos el asunto, distanciarnos de Él. Es una filosofía signada por la ingratitud que prima hoy día.

 

Cuando vamos a las Escrituras, descubrimos que es esencial que estemos a cuentas con Dios. No puede ser de otra manera. Puede que hayamos pecado, y mucho, pero si pedimos perdón a Dios, Él nos permite estar en el centro mismo de su voluntad. Es algo maravilloso porque recibiremos respuesta a nuestras oraciones, como escribe el salmista: “Si no hubiera confesado el pecado de mi corazón, mi Señor no me habría escuchado.”(Salmo 66:18, Nueva Traducción Viviente)

 

¿Quiere moverse en la dimensión de los milagros? Vuélvase a Dios. Es un paso esencial e ineludible que le permitirá recibir atención a su clamor. Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros.

 

2. Deje de lado toda sombra de duda

 

¿Ha visto barreras que impiden a las personas avanzar en un camino? Es frecuente. ¿Qué impide recibir respuesta a sus oraciones? Uno de los obstáculos más comunes es la incredulidad. Impide las enormes bendiciones que Dios nos tiene.

 

Explicando a los creyentes del primer siglo acerca de la importancia de la fe, el autor de la carta a los hebreos en el primer siglo, escribió: “De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que él recompensa a los que lo buscan con sinceridad.”(Hebreos 11:6, Nueva Traducción Viviente) También el apóstol Santiago escribió: “Cuando se la pidan, asegúrense de que su fe sea solamente en Dios, y no duden, porque una persona que duda tiene la lealtad dividida y es tan inestable como una ola del mar que el viento arrastra y empuja de un lado a otro...”(Santiago 1:6, Nueva Traducción Viviente)

 

Si aplicamos la lógica al mover de Dios, no ocurrirá nada. Dios obra por encima de la racionalización humana. Tal vez evalúe que su mayor problema es pensar, una vez le pide un milagro al Padre celestial, ¿cómo va a hacer Él para responder? Ese no es problema suyo sino de nuestro Supremo Hacedor. Él es quien responde, a su manera.

 

3. Unirnos a otras personas en oracióoracionypoder2.jpgn

 

Compartir nuestras peticiones de oración con otros hermanos en la fe, resulta altamente eficaz. Es un principio que nos ayuda, de un lado a crecer en la fe y de otro, a tocar el corazón de Dios. Así lo enseñó el Señor Jesús: “También les digo lo siguiente: si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra con respecto a cualquier cosa que pidan, mi Padre que está en el cielo lo hará.”(Mateo 18:19, Nueva Traducción Viviente)

 

Además de perseverar, unimos fuerzas. Es algo esencial y poderoso. Encontrará que los obstáculos a sus oraciones, se desmoronarán. Las barreras caerán a tierra. ¡Dios responderá con poder!

 

4. Asumir el principio de la intercesión

 

Recuerde siempre que la oración se orienta en dos direcciones: la primera, por nosotros. Es aquí donde concentramos el alabar y exaltar a Dios, procurar respuesta a nuestras necesidades, crecimiento espiritual. Otras oraciones, se encaminan a pedir por los demás. Es lo que llamamos intercesión.

 

Los creyentes del primer siglo tenían claras instrucciones de interceder por los demás, tal como escribe el apóstol: “Confiésense los pecados unos a otros y oren los unos por los otros, para que sean sanados.”(Santiago 5:16 a. Nueva Traducción Viviente)

 

La respuesta del Señor producirá hechos que rebasan toda lógica y la sanidad, en el caso que alguien padezca alguna enfermedad, incluso aquellas que la medicina considera incurables.

 

5. Reconozca el poder ilimitado de Dios

 

Con frecuencia me escriben diciendo: “Pídale a Dios por tal o cual asunto, ya que Dios a usted sí lo escucha”. ¡Tremendo error! Dios nos oye a todos. Basta que vayamos a Su presencia con la actitud correcta, confiando en Su poder que no tiene límites.

 

Quítese de la cabeza la idea de que el Señor oye a unos más que a otros. Eso no es así, como nos enseña la Biblia: “…La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos.”(Santiago 5:16 b, Nueva Traducción Viviente)

 

Si clamamos, confiando plenamente en el poder de Dios, no hay límites. Todo cuando le pidamos, podrá ocurrir. Basta que confiemos y creamos que Su poder va mucho más allá de nuestra comprensión humana.

 

6. Pedir en la voluntad de Dios

 

Recuerdo a un joven que pedía a Dios ser un evangelista famoso. No se preocupaba tanto en extender el mensaje de Salvación, sino en la fama. Esa era su motivación central. Y se quejaba de que Dios no respondía. ¿La razón? No pedía para honrar y glorificar a Dios sino para su propio beneficio.

 

El apóstol Santiago explicó que esta era la razón fundamental para que nada ocurriera en la vida de muchas personas: “Aun cuando se lo piden, tampoco lo reciben porque lo piden con malas intenciones: desean solamente lo que les dará placer.”(Santiago 4:3, Nueva Traducción Viviente)

 

El problema radica, entonces, en que nos enfocamos en nosotros mismos y no en que Dios haga su voluntad. Muchos de los tropiezos que enfrentamos en la oración cambiarán sustancialmente si cambia nuestra actitud. De lo contrario, es decir si seguimos pidiendo para satisfacer nuestros deseos, ocurrirá lo que advirtió el propio apóstol Santiago: “Esas personas no deberían esperar nada del Señor.”(Santiago 1:7, Nueva Traducción Viviente)

 

7. Perseverancia en la oración

 

Quien no persevera, jamás alcanza la cima. Es un principio que aplica también en la oración. No podemos pretender que las respuestas se produzcan ya, como si Dios fuera nuestro mandadero. Él tiene su propio tiempo y su propia manera de obrar.

 

En alguna oportunidad hizo particular énfasis a este principio. “Cierto día, Jesús les contó una historia a sus discípulos para mostrarles que siempre debían orar y nunca darse por vencidos.”(Lucas 18:1, Nueva Traducción Viviente)

 

Evalúe hasta qué punto usted es un creyente que sigue insistiendo por ese milagro. O tal vez descubre que se es de aquellos que renuncian fácilmente. Tal vez ahí estriba el que no reciba milagros.

 

Cambie sus oraciones

 

Si duda reviste importancia que cambiemos nuestra forma de orar. Probablemente ni estemos clamando en la voluntad de Dios, ni con fe o perseverancia, sino en nuestras propias fuerzas. Eso determina que no haya respuesta. En cambio, si asumimos estos y otros principios que nos enseña la Biblia, sin duda podremos entrar en la dimensión de los milagros que tanto hemos anhelado.

 

A propósito, ¿Ya recibió a Jesucristo en su corazón? Es una decisión que debe tomar hoy. La mejor decisión que toda persona puede tomar, es rendirse a Cristo, Abrirle las puertas de su corazón. Es sencillo, basta que le diga en oración allí donde se encuentra; “Señor Jesucristo, reconozco que he pecado y que hasta hoy, mi vida ha sido un fracaso porque la mente del viejo hombre me dominaba. Gracias por morir por mis pecados en la cruz y abrirme las puertas a una existencia renovada. Te recibo en mi corazón como único y suficiente Salvador. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”

 

Puedo asegurarle que su vida jamás será la misma. Aceptar a Cristo es la mejor decisión. Ahora tengo tres recomendaciones para usted: la primera, que ore diariamente. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia. Es un libro maravilloso en el que aprenderá principios para el crecimiento y la transformación personal y espiritual, y por último: comience a congregarse en una Iglesia cristiana. Otras personas que comparten su fe en Jesucristo, le ayudarán en el proceso de cambio.

 

Si tiene alguna inquietud, no dude en escribirme a pastorfernandoalexis@hotmail.com o llamando al (0057) 317-4913705.

 

© Fernando Alexis Jiménez

 

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